El calor de la patagonia [Cuento]

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El calor de la patagonia [Cuento]

Mensaje  Dream Walker el Dom Feb 01, 2009 4:04 pm


El calor de la patagonia.

¿Qué mérito tenía la maldita hija de puta? ¿Qué la hacía tan especial, tan única como para merecer semejante trato de la existencia? ¿Acaso había sufrido demasiado, tanto que el destino sentía la irrefrenable necesidad de retribuir una vida de miserias y fracasos? Nada, yo la conocí, nada había sido tan espantoso. Un padre al que nunca conoció, una hermana psicótica y un hermano apático. De su infancia, nada era si quiera interesante como para ser mencionado, entonces, ¿por qué puta?
Aún me preguntaba todas estas cosas cuando descendí del autobús. Un viejo, un anciano que se pudría a mi lado a medida que pasaban los kilómetros, me había mantenido despierto durante gran parte del trayecto. Sin poder conciliar el sueño y con la cabeza dividida en dos por el dolor, cuando por fin llegamos al terminal fue un alivio poder dejar mi asiento y estirar las piernas. El viejo apestoso abrió los ojos e hizo un chasquido con sus encías henchidas de sangre antes de hacer si quiera un ademán por levantarse.
Afuera hacía frío. No estaba nevando pero se podían ver claras evidencias de que no hacía mucho tiempo una especie de tormenta había pasado por el lugar. Con la cabeza escondida entre las ajadas solapas de mi blazer escruté el árido horizonte unos segundos hasta dar con un teléfono público. Me acerqué y llamé. Llegué, dije, y luego colgué.
Pasé una hora sentado en la parada de autobuses congelándome el culo en medio del desamparado campo sureño. Nubes negras se cernían sobre mi cabeza amenazando con enterrarme bajo un montón de mierda blanca en cualquier momento. Justo cuando la primera gota semisólida golpeó mi rostro, la Chevrolet hizo su aparición entre la niebla y se estacionó a mi lado. Sin mirar por la ventanillas, apresuré el paso y abrí la puerta. Una ráfaga de aire caliente y una balada lograron calmar mis temblores.
Llegamos a la vieja casa de sus padres, ambos fallecidos ya, y entramos por el pórtico rápidamente intentando esquivar las gotas de lluvia sin éxito. Mientras ella se quitaba el abrigo, yo saqué una pequeña botella de whisky de mis bolsillos. No tiene whisky, le dije antes de que dijera nada, solo tiene bebida. Se rió y trajo un poco de ron abandonado hacía días en la cocina. Nos sentamos uno al lado del otro y comenzamos a beber sin decir nada, primero con medidas adecuadas, después, olvidando el concepto de medida. En algún minuto entre que el sol se escondía y la luna comenzaba a extrañarse entre las negras nubes que lo cubrían todo, alguien habló.
- ¿Por qué viniste ahora?
- Siempre me dijiste que querías que te visitara.
- Eso fue hace años.
- Por lo menos vine, no quería que pensaras que era un mal agradecido.
- Bueno, gracias.
Después, unos segundos de silencio, apenas los suficientes como para dar un nuvo sorbo a los vasos casi repletos de ron -un nuevo ron- que habíamos encontrado bajo la alacena. Yo hablé entonces.
- ¿Supiste que...?
- Sí, me enteré. Me telefoneó apenas le dieron la buena noticia.
- ¿Y por qué mierda?
- ¿Qué mierda qué?
- ¿Por qué se lo dieron?
- Vamos, ¿qué esperabas? ¿Que te lo dieran a tí?
- O a cualquier otro.
- Ella es la mejor.
La respuesta me resultó insuficiente y la ahogué antes de que llegase por completo a mis oídos. Con todo el ron que había tomado, pensé, pronto parecería un pirata. La imagen me hizo gracia y me reí en silencio sin pensar que ella lo interpretaría de otra forma. Su rostro se había vuelto taciturno y oscuro, como si mi risa la hubiese ofendido en lo mas profundo de su ser. Quise aclararme.
- No es que diga que no es buena, lo es. Sé que ustedes tenían varios proyectos.
- Aún los tenemos.
- Bueno, como sea, pero tú estás aquí, a dos mil kilómetros de su éxito, dudo que puedas colgarte con facilidad.
- ¿Colgarme?
- Sí, tú tampoco eres mejor que ella.
- Vete a la mierda.
- Es que lo me gustaría.
Nadie habló del clima, aunque el clima ciertamente nos habló, en la cara. Una ventana se hizo pedazos al ser golpeada por un pedazo de algo negro y frío que entró en la casa acompañado del peor vendaval que se haya visto. Pasamos el resto de la noche intentando reparar el daño pero solo lo conseguimos cuando la lluvia había amainado y el ron comenzaba a escasear.
- ¿Qué vas a hacer ahora?- me preguntó una vez que estuvimos sentados bebiendo lo último que quedaba bajo el dintel de la puerta.
- No sé- dije sin apresurarme- ¿volvió Sandra Sofía?
- Hace un par de meses.
- ¿Y sigue tan loca como antes?
- ¿Como para que le gustes?
- Exacto.
- No sé, quizás.
Al día siguiente me levanté temprano y di una vuelta por el infecto pueblo. Me detuve un par de veces en algunos restaurantes pero no ordené nada, solo me robé los saleros y observé el desconcierto de los jóvenes pueblerinos que no daban crédito a sus ojos. La sal es gratis, les gritaba yo antes de salir corriendo, y ellos me perseguían un par de cuadras hasta darse cuenta de que no tenía sentido. Encontré unos establos abandonados y me divertí durante una hora arrojando puñados de sal a los caballos que, para mi sorpresa, la devoraban como si fuera un manjar exótico. Después de eso, fui a casa de Sandra Sofía.
Cuando Sandra Sofía me abrió la puerta no me reconoció y me pareció justo, yo tampoco me habría reconocido. Hola, le dije bromenado, soy el que soy, pero ella no pareció comprender la broma y miró por sobre mi hombro, como si fuese una marioneta controlada por un misterioso ventrílocuo invisible.
- ¿Qué necesitas?
- ¿Tienes ganas de echarte un polvo?
- Depende, ¿tienes alguna enfermedad?
- No.
- ¿Nada?
- Probablemente un cáncer en ciernes, pero nada más.
- Entonces pasa. No tengo condones eso sí.
- No importa.
Follamos durante dos horas pero no fue como en los libros o las películas donde todo es sudor y placer. Durante algunos momentos me dolían los muslos como si fueran a reventar y a veces las naúseas me impedían seguir el maldito movimiento de bote a merced de la marea que Sandra Sofía sabía emular tan bien. Fueron dos horas porque no podía quedarse quieta, aunque le dije ¡quieta perra, que voy a vomitar! Ella solo se reía y me mordía el pecho como si quisiera arrancarme el corazón con los dientes. Finalmente caímos uno al lado del otro, ni si quiera sé si es que se dio cuenta de que me había desmayado.
Cuando desperté le pregunté por qué había regresado a ese pueblo de mierda después de haber pasado tanto tiempo en una gran metrópolis europea. Porque fracasé, me dijo con tono solemne como el de alguien que recita un himno.
- ¿Cómo es eso?- le pregunté yo.
- Fracasé.
- ¿Cómo? Eres la persona más inteligente que alguna vez he conocido.
- ¿Conocido?
- Bueno, que he visto dos veces en mi vida, da igual.
- No lo sé, sencillamente todo se me fue al carajo. Durante un par de años todo parecía ir bien, como si la vida me hubiese querido dar un abrazo después de darme tantos puñetazos, pero al fin y al cabo parece que solo hay puñetazos para mí. O quizás yo lo eché a perder, no lo sé.
- Es bueno que no te importe.
- ¿Qué sabes tú cuánto me importa?
- No creo que demasiado, además, tú lo echaste a perder.
- Al menos tengo algo que echar a perder.
- Sí, sí, no me interesa.
- ¿Nada te interesa?
- Sí. ¿Sabías que la muy hija de puta se ganó el proyecto?
- ¿Qué proyecto?
- El proyecto, ese, el que habíamos ideado. No has hablado mucho con Lía supongo.
- ¿Qué estupidez estás hablando, imbécil? Yo te confieso que he perdido seis años de mi vida y tú, ¿con qué lo comparas? ¿Con que una perra que a nadie le importa se ganó algo que te pone celoso?
- Tú lo echaste a perder.
- Hijo de puta.
No quise seguir discutiendo, después de todo, ella lo había echado a perder. Salí de la casa y escuché como la puerta se cerraba con furia tras de mí. Decidí encaminar mis pasos hasta el teléfono público que había visto el día anterior en la parada de buses, pero en el camino recordé que había gastado mi última moneda dándosela por equivocación a un caballo que, estúpido como caballo, la devoró en un segundo. Regresé hasta la casa de Lía y me la encontré leyendo en el pórtico.
- ¿Cómo estuvo lo de Sandra Sofía?
- Mal, esa tipa está loca. ¿Tienes una moneda?
- ¿Vas a llamar a alguien?
- Sí.
- ¿La vas a llamar a ella?
- Sí.
- ¿Para qué? No te va a incluir en su éxito, créeme, no me incluyó a mí que durante todo este tiempo he intentado colgarme de el.
- No es por eso, solo quiero hablar con ella, no sé, felicitarla.
- No le deseas nada bueno, se te nota.
- Bueno, vete a la mierda, todavía puedo tener algo de nobleza en mi cuerpo.
Me arrojó la moneda a la distancia y sonriendo volvió a clavar los ojos en su libro. Con el rabillo del ojo alcancé a vislumbrar un título poco convincente de un autor igualmente poco convincente. Está mal que Lía esté aquí, pensé, se le va a fundir el cerebro si sigue leyendo sentada en ese pórtico de mierda con vista a la pampa. Quizás algún día la invitaría a mi casa, qué casa, el departamento, qué departamento, la habitación misérrima que compartía con unos adictos al crack que había conocido hacía un mes.
Llegué hasta la parada de autobuses justo cuando el sol comenzaba a esconderse tras los grisáceos cerros que formaban el horizonte. En la parada solo habían dos personas, una anciana vendedora de huevos y una niña mendiga. Aquí no hay rubro para vender nada, le dije a la señora que me observó como si le hubiese hablado desde un incierto pero seguramente terrorífico más allá y me encerré en la cabina telefónica.
Inserté la moneda y me quedé unos segundos en blanco intentando recordar el número al que debía llamar. Mascullando entre dientes una melodía nemotécnica aprendida en la infancia, comencé a marcar primero el código de región, luego el anexo y finalmente el número de la galería. Fueron doce tonos los que precedieron la dulce y apacible voz de la exitosa responsable de la galería que, luego de introducir el nombre del afamado lugar que representaba, se presentó y concluyó con un hermoso y melodioso "¿con quién desea hablar?". No le dije que quería hablar con ella, lo averiguaría por su cuenta dentro de poco tiempo.
- ¿Por qué mierda tú, hija de las re mil putas y no yo? No eres más capaz ni sabes más que cualquiera, la única diferencia es que tienes todo abierto, por lástima, por pateticismo histórico, para que te culeen hasta el alma. Felicitaciones por tu exposición.
Colgué y le compré un huevo a la anciana. Más tarde se lo aventaría a alguno de los buses de la estación.
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