In Innoces

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In Innoces

Mensaje  DanielaIvette el Sáb Abr 25, 2009 11:30 pm

Ese ruido asfixiante que me carcomía desde pequeña, las lágrimas sin precedente durante las noches, el encierro dentro del closet para analizar bien todo mi alrededor, nacía cada vez más fuerte dentro de mí.
La desconfianza hacia todos; el mundo no era tierno, ni feliz como para el resto de mis pares. Nunca lo fue, ni siquiera de mayor, cuando me arrancaba al lugar más silencioso y solitario que encontrara, porque quería llorar y sentía tanto, tanto miedo.
De pronto extraño la soledad, esa que me encerraba horas en el closet a llorar amargamente y asfixiaba mis palabras porque no podía confiar en nadie. Apenas mi cabecera oía susurros de mi conciencia cuando por las noches me tapaba de los gemidos y me secaba las lagrimillas que afloraban con fiereza por mi cabeza confundida.
Nunca estuve bien segura si era un sueño, un recuerdo de pequeña, un juego de mi mente infantil, pero se adentraba tan fuerte en mí esa idea, ese asco, ese dolor, ese recelo a mi propio cuerpo, ese temor de verme en un espejo o simplemente el pensamiento de muerte que siempre me tomaba la mano.
“¡Una niña de 5º básico intentó matarse en el baño, mamá!” “¿Cómo es posible que hayas hecho eso hija?” Eran frases dirigidas hacia mí, y ni siquiera sabía qué me llevaba a eso. O era que mi cerebro en su ingenua forma de ser niña me llevó a intentar borrar recuerdos tan masacradores como ése que no me dejaba vivir tranquila.
Los fármacos de mi mamá parecían saludarme con guiños sensuales cuando estaba triste. Los cuchillos de la cocina, los cartoneros e incluso las tijeras me gritaban diciendo “¡para qué vives si estás sucia!” y yo quería hacer oídos sordos, pero eso estaba dentro mío, no se iba por nada, me hacía sentir gorda, fea, escandalosamente grasosa cuando era púber, culpable por comer y vomitar la cena que más me gustaba, o bañarme todos los días para estar mejor y sentirme menos podrida.
Cuando tienes la inocencia en las manos no sabes que hay gente que puede llegar a dañar tanto, no dimensionas siquiera el dolor, no has oído alguna vez esa palabra a menos de que te aprietes un dedo en la puerta.
Las noticias de la mañana, medio día, tarde y noche anuncian: “Arrestan a supuestos raptores de la niña Génesis desaparecida y secuestrada a pasos de su casa. Horas más tarde son dejados en libertad por falta de pruebas”.
Yo pienso, si toman así tu vida por sorpresa, una tarde de otoño, unos malditos maniacos desconocidos desde la puerta de tu hogar, ¡Qué más pruebas quieren para hacer justicia!, ¿Quieren ver la escena? ¿Quieren que lo repita para poder condenarlo?
Qué más queda para las personas que confían tanto en alguien y terminan siendo abusadas por él. Y no sólo lo pienso. Lo sé. El odio, la rabia, las preguntas que hacen desastre en la sangre cuando te repites una y otra vez durante 17 años ¡Por qué no lo maté en el acto! ¡Por qué si estaba ahí, aún libre, no grité y pedí auxilio! Y la única repuesta que me queda, es que era demasiado infantil para saber que ese desquiciado marcaría mi vida tal como se marca con hierro caliente a una res.
Ni los sicólogos, ni los antidepresivos logran quitar ese temblor por las noches, ese miedo infernal de saber que viene, que debes verlo otra vez, porque es parte de tu familia, es uno de los seres más queridos y confiables, es el tío perfecto, el que siempre tomó tu mano y te llevó a dar vueltas al parque, y mientras tu madre salía a ganarse un poco de dinero extra, te subía el vestidito de marfil y te manoseaba con destreza, con furia, con esa pasión bastarda de un enfermo sexual, te bajaba de a poco la ropita y te daba caricias que no debía, pero te decía que era un secreto, que tu mamá no debía saber o te castigaría.
Si hubiera sabido que eso, que tan mal me hacía sentir, no era mi culpa, y hubiera corrido a los brazos de mi madre, aunque me retara, aunque no me creyera, ¿tendría un poco de paz siquiera?.
Cómo es posible que doce años después de todo eso, mamándome toda la porquería que me entregó ese infeliz, mi diario de vida revelara la agonía que sentí siempre a la mujer que mejor me conoce. Esa mirada perdida recordando, siempre soñándolo, recorriéndome entera esa suciedad que se pega como el aceite caliente a los huesos, calcinante.
Y viendo todavía cada día relatos de niñitas como yo, ultrajadas hasta rota la boca y la castidad, bañadas en detergente para quitar rastros, los culpables de cuantos suicidios de mujeres como yo, las que jamás olvidamos la tortura, de ese hedor, en plena libertad de repetir sus bizarros actos dementes, mientras nosotras encerradas en estos cuerpos, cárceles de desgarradoras heridas, acabamos nuestras horas exigiendo justicia o guardando el secreto hasta la tumba rasguñada por nuestras propias uñas.
Las voces de millones de mujeres gritando mudas de dolor, por una justicia que jamás llega hasta que Dios nos devuelva la blancura allá en sus brazos. Ese allá que cada vez es más cercano luego de vaciar las venas de tanta vergüenza.

DanielaIvette
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