Obsesión (cuento)

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Obsesión (cuento)

Mensaje  DanielaIvette el Sáb Abr 25, 2009 11:54 pm

Lo conocí enredándose entre las sombras de los árboles, al frente de mi cansancio. Con un gesto de recelo nos miramos y olvidamos nuestros nombres y nuestras existencias. Se me perdió entre las personas que veo en la calle a diario y no vuelvo a recordar, hasta que el destino nos jugó la sucia broma de sabernos otra vez.

Nos volvimos a mirar, el vestido de estudiante, yo de actriz. Supuse haberlo visto antes y esa vaga sensación fue el nudo con que un tejido se comienza, porque mi cabeza no lo volvió a soltar.

Hoy, luego de muchos temblores y colores violáceos en nuestras pieles, no me arrepiento en lo absoluto de todo lo acontecido. Nadie nos obligó y fue por propia voluntad que juramos nuestro futuro. Aunque ahora suene tormentoso o dramático.

Nos convertimos en poemas obsesivos y el mundo cibernético nos ayudo a acortar distancia. Las calles ocultas que pocos visitan conocieron nuestra historia y uno que otro clandestino probador de alguna tienda poco frecuentada hizo de cómplice ante este amor. Fue aquí donde las cortinas se convirtieron en llamas y por primera vez nos miramos con ojos de seducción. He aquí el cambio que reveló que ya no éramos unos niños, sino adolescentes codiciosos de conocer y adentrarse en aventuras adrenalínicas.

Ya no quedaba mucho del susurro de sus poemas de quebradizo alemán o mi timidez de voz suave de nuestra primera cita. Ya no hacía falta que me embriagara con alfajores de licor y chocolate para que lo besara, o que camináramos guardando la proxémica. Ahora tomaba mi mano y yo podía hablarle sin interrupciones, pero aun así, el mirar a todos lados antes de besarnos o caminar separados por el centro de la ciudad nos parecía una manera de doblarle la mano a las reglas ridículas y anacrónicas de la sociedad. Sonreírle en público era casi un atrevimiento, porque para estar juntos debíamos alimentar una mentira dirigida a mis padres.

Sus ojos infantiles, tan puros y tristes no concordaban con su risa a ratos estrepitosa que me hacía observarle con gran afán.

Ahora que lo veo y recuerdo sus facciones me doy cuenta de lo mucho que cambió y de cuánto yo me transformé en todo este tiempo. Crecimos juntos. Ese jugueteo al observarnos, ya inexistente en nuestras vidas, se ha transmutado en tantos sentimientos diferentes, tan distintos de cuando nos conocimos. Desde el primer al último beso ya no fuimos nunca más los mismos, y poco a poco fuimos dejando caer como pétalos de rosas marchitas, resecos e intactos, nuestros sueños de castillos construidos en mentes inocentes que veían el mundo perfecto cuando nos tomábamos la mano.

Y así mismo, perfecto, volvió mi abrir y cerrar de pestañas enfermas de tanto soñar, porque aun siendo una niña, ya tenía la gran mancha de manos perversas que me arrancaron el velo que cubría mi cuerpo a tan corta edad, y cuando creía que ya lo recuperaba, vino otra bestia y me lo quiso arrebatar de nuevo, pero aun así se me trizó la virtud y mi sangre joven estaba sucia completa, ennegrecida y amarga.

Fue entonces cuando él, mi ángel, me limpió con sus besos entera como barriendo mi cuerpo de toda mácula dejada por seres asquerosos que me engañaron haciéndome creer que me querían para llevarse consigo mi pureza y dejarla herida como gaviota entre sus garras bestiales.

Sólo él pudo tomarme suave y demostrarme que el amor todo lo sana y limpia, incluso, cada gota de mi sangre impía. Y se enterró en mi vientre con los clavos de su cruz, y el sollozo se hizo júbilo y el infierno de una vida entera, que se hizo fogata viva por horas, nos concedió segundos para ver de frente a Dios.

Aquí se caló en cada una de mis fibras y yo en las de él, y juramos, ante Ese que todo lo sabe, ser una sola alma de aquí para siempre. Por testigo estuvo la luna, que llegó a saborearse cuando nos vio sellar el pacto al que accedimos por convicción propia de este bendito amor, seguros de que no era una ola de pasión la que nos invadía, sino el más puro y sincero amor el que nos llevaba a unir nuestras vidas.

En este instante sólo cumplo con consagrar ese contrato que firmamos con sangre entremezclada y sudor entregado. Si me voy a quemar eternamente en el infierno o voy a ser feliz en el paraíso será con él, como lo juramos, por que desde ese día somos uno unidos los dos.

Aunque no era necesario ir a una iglesia para reafirmar nuestra decisión, si lo fue pedir perdón por nuestras faltas ante cada ángel para estar blancos e intactos como nos conocimos.

Y le pedimos al ser supremo que bendijera nuestros anillos porque ahí iban nuestros corazones latiendo fuerte, reclamándonos mutuamente a punto de romper el pecho, erizada la piel, cosquilleo infinito en todo lo que éramos en ese instante.

Atando nuestros lazos en esos segmentos de plata (tal como la luna que nos vio florecer) renovamos nuestros votos de esposos, aun con más efervescencia: “con este anillo te desposo, ante Dios y todos sus Ángeles y prometo serte fiel y cuidarte y acompañarte en la salud, enfermedad, alegría, agonía, y acabar nuestro tiempo juntos bebiendo del vino de todos los tiempos convertido en una copa de cicuta luego de hacernos el amor antes de estar en el regazo del que hoy nos bendice”

Luego de esta entrega preciosa de nuestras vidas el tiempo que para nosotros no existía, comenzó a hacer estragos. Los minutos escaseaban y parecía una confabulación en nuestra contra, por parte del mundo entero, cuando nos anhelábamos tan fuerte.

¡Qué sinceros fuimos al decir que ya no era lo mismo! ¡Cuan verdadero se volvió en su boca, como antes lo fue un te amo, un no quiero estar así!

Algo ocurrió luego de ese clímax tan alto. Se fueron restando sonrisas y palabras… y miradas, de a poco, lentamente. Ese algo, comparado en cierta manera con la monotonía nos jugaba en contra, al igual que el maldito reloj y su tiempo. Ya no lo tenía para mí una tarde entera, no lo podía observar y contemplar en silencio, sin distracciones, ya no desaparecía el mundo cuando tomaba mi mano.

Nuestro palacio fue derrumbado por esos monstruos que se devoraron nuestras felicidades. Fue tan lenta la agonía e inminente el desastre que en mis ojos no existía ya el calor, solo desilusiones de sus palabras duras y desgarradoras. La cercanía física no nos acercaba, la cuadra que nos separaba en la rutina parecían mares enteros por cruzar. Las estrellas que usamos para escribir nuestra historia en el firmamento entero se caían una a una y no develaban un final feliz de cuento de princesas, se vaciaban lluvia y tormenta de nuestros ojos cuando nos abrazábamos y no lográbamos sentir, y eso, nos punzaba de ardor.

La hermosura y el misticismo se volvieron memorias, nada más. Dolía ser recuerdo en su cabeza, y sus palabras, por más arregladas y envueltas de fino y elegante papel de regalo, no tenían el brillo que antes tuvo una simple flor sacada del parque.

La frialdad y el silencio terminaron por ser la gota que rebaso el vaso, y la falta de tiempo, la excusa perfecta.

Me quede con la insatisfacción de su ausencia, de las copas de vino rotas que cortaron mis labios luego del adiós.

Las melodías alegres que pudiéramos oír y danzar se volvieron gemidos que me atravesaban como flechas envenenadas. He aquí el veneno que bañó mi ser.

Nada me lo devolvía, pero estaba sumergido hasta en mis sueños. Toda imagen, color, forma, sonido, aroma, me lo presentaba, era mi espejismo en todas partes, esfumándose siempre lejos antes de alcanzarlo.

La última vez que lo vi me pidió que no lo odiara. Yo me sentí muy segura, ni siquiera derramé un suspiro. Entendí que necesitábamos algo de soledad para pensar tranquilos y no ser un estorbo. Pero no comprendí en su máxima expresión lo que en realidad quiso decir.

Sé que trató de ser sutil en el adiós y no lo supe sino hasta ahora, que lo veo tendido en frente mío, exhalando hermosura como siempre, y con esa peculiar personalidad que siempre me encantó, sus últimos hálitos de belleza.

El día en que nos despedimos, comenzó mi tortura, mi enfermedad. Traté de no llorar, mas me fue imposible. Mientras más se iba de mí, más dentro estaba, la ley del hielo me quemaba, me trastornaba, vibraba en mí, con mayor intensidad a menos señales de vida.

A Dios tuve que pedir orgullo para dejar de suplicarle que volviera. Si hubiera conocido la clave de su pensar como la de su e-mail, talvez hubiera entendido que ese “quizás te llame” no era mas que un “fue un gusto, pero se acabó”, de su parte.

Lo buscaba, hurgueteaba en mí misma, lo encontraba pintándome desnuda, o en la carta más recóndita que dejó en mi cuarto, en las películas que nunca vimos, o en lo que no le dije. En el olor del cigarrillo, en el humo que se volvía cuando alucinábamos juntos, en el ramo de rosas colgado en mi techo, en el griterío de la cópula de los gatos en mi tejado.

Traté de ahogarlo en un charco de otros besos, en amantes que se le parecieran, en la indiferencia y en la porfía.

Hasta que supe lo que necesitaba para poder volver a la paz: Lo quería una última vez, pero no momentáneamente.

Lo llamé, lo seduje, no fue fácil al comienzo, siempre fue muy moralista, pero las palabras mágicas con que siempre lo atraje le hicieron caer, porque es hombre de carne viva. Por primera vez no me amó, y nos devoramos sin saborearnos ni escucharnos, brindamos por los bellos momentos que allí morían… brindamos por el amor, la pasión y el final. Y ese final, no era el que pensó.

Copas timbradas, el eco esta aquí conmigo aun: ¡qué ingenuo fue al beber el primero! Lo vi temblar, agarrarse el cuello, cambiar de color, quejarse, sacudirse… quedarse quieto.

Ahora lo contemplo. Sé que entiende por qué lo hice, desde la gelidez donde se haya.

Eduardo… el único nombre que tiene las letras exactas de la melodía de la melancolía.

Ahora voy a su encuentro. Me perdonará porque sabe que si no bebíamos de esta copa de cicuta, nos iríamos al infierno por no cumplirle a Dios.

Me estoy deslumbrando con su luz, está congelado en maravilla como una rosa seca, y cuando lo observo fijamente, me convenzo de que muerto, más lo amo.

DanielaIvette
Buscando mi cuerpo
Buscando mi cuerpo

Cantidad de envíos : 9
Edad : 27
Fecha de inscripción : 20/02/2009

Volver arriba Ir abajo

Re: Obsesión (cuento)

Mensaje  Vae Victis el Lun Mayo 04, 2009 1:29 am

No es mi estilo, pero me encantó el orden de adjetivos que usaste en las descripciones sentimentales.

Es el fuerte del cuento, sin duda. Una descripción limpia, suave, interesante.

No tengo críticas negativas, porque las únicas que se me vienen a la cabeza, son factores que dependen de mí, no de tu forma de escribir (como te dije, no es mi estilo).

Pero a nivel estructural, me gustó mucho =)

_________________
Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?
¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa
Con la espada en la mano?
¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus
ojos como el adorno de un dios?
avatar
Vae Victis
Moderador
Moderador

Masculino
Cantidad de envíos : 152
Edad : 27
Localización : Concepción, Bellavista.
Fecha de inscripción : 02/10/2008

http://litteranoctum.blogspot.com

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.